Con pelo negro y liso, amplia sonrisa, unas gafas grandes para poder ver todo bien, algo delgado y bastante alto para sus doce años. Luhigino tenía un montón de energía y mucha curiosidad en su cabeza y muchas, muchas ganas de aprender cosas. Así es Luhiguno y así empieza su historia.
Vivía en una ciudad, no muy grande, pero una ciudad, en una casa con sus padres, un perro, un loro parlanchín dentro de una jaula y una tortuga que vivía en su casa de tortuga y comía jamón de york.
No tenía muchos amigos, pero los que tenía, eran buenos. Le gustaba ir con la bici por los caminos de tierra hasta llegar al rio. Ya fuera verano o invierno, si era verano se metía sin dudar en el agua y llegaba nadando hasta la otra orilla. A Luhiguno, le encantaba el agua y jugar con ella. Alguna noche de verano, hasta se había atrevido a meterse de noche con sus amigos. Era un chico valiente y decidido.
A Luhiguno le encantaba leer. Una tarde de otoño, salio de su casa habiéndose despedido cariñósamente de la tortuga, de su perro y el señor loro, como solía hacer, agarró un libro que quería empezar a leer, se lo metió en la mochila junto con una pequeña manta, una lupa y colgado del otro brazo colgaba una cantimplora llena hasta arriba de refresco de naranja. Era su bebida favorita. Así que ese dia, mejor dicho esa tarde de una tarde otoñal de octubre Luhiguno se fue en busca de aventuras.
Capítulo 1 EL RIO AVENTURA DE AVENTURA TIENE POCO
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Había parado con la bici después de llevar pedaleando un buen rato, tenía ganas de descansar y al no haber visto nada que le atrajese lo suficiente en el camino, decidió elegir un buen sitio, así que entre matorrales, cañas de bambú, la carretera a un lado, tierras sembradas y huertos al otro lado, vio una palmera y apoyándose en el tronco, sacó la manta, la enroscó y se la puso justo detrás de la cabeza para estar más cómodo. Abrió el libro eligiendo una página al azar y a lo que iba a empezar a leer, sintió el leve roce de algo sobre su mano. Asustado levantó la vista atrapado por la sorpresa y el leve roce que había notado, era ahora, la mano de un niño más pequeño que él que lo miraba con mucha atención sin miedo.
Se miraron el uno al otro de arriba abajo con el ceño medio fruncido por la simple curiosidad. Luhiguno vestía zapatillas de deporte, vaqueros, una chaqueta azul marino y una bufanda que su tia Lula le había tejido unos años atrás, hacía algo de frío, digamos que el justo para ser otoño y lo que más llamó la atención de Luhiguno fue que este niño de melena castaña, lisa, solo se cubría el cuerpo con unas hojas grandes y en apariencia duras cosidas entre sí, no se veía exactamente cómo, dejando descubierto pecho, piernas y espalda. No parecía un niño de ciudad más bien parecía un niño de la selva,como los niños que salen en los documentales de ciertos lugares del mundo. Pues ahora resulta que uno de esos niños se encontraba justo delante de Luhiguno intentando comunicarse con él. No parecía poder hablar nuestro idioma pero sus ojos y los de Luhiguno conectaban en un conjunto de extrañas fuerzas.
No hizo falta mucho para que el niño salvaje tomara a Luhiguno de la mano y sin darle ni tiempo a agarrar lo que había traido consigo, echó a correr llevando a Luhiguno con él. Corría muy muy rápido por el camino de tierra, parecía que no se cansaba y Luhiguno sentía sus pies y sus piernas ligeras como nunca. No se cansaba! Atravesaron campos, siguieron caminos a toda velocidad esquivando árboles y matorrales, saltando piedras de gran tamaño e incluso cruzaron un pequeño rio de poco caudal sin tan siquiera a penas mojarse de lo rápido que iban. En cuanto atravesaron el rio el niño salvaje paró en seco, se giró hacia Luhiguno y sin demostrar cansancio señaló hacia arriba con su mano. Allá donde su dedo apuntaba se encontraba sujeto a una rama un pájaro de gran tamaño con cola de pavo real, dientes que sobresalían de su enorme pico que atentos los miraba. Luhiguno era valiente como él solo y entendió que no debía de tener miedo.
El gran pájaro abrió sus enormes alas y agitándolas fuertemente alzó el vuelo parándose delante de ellos y lanzando al aire un graznido tan molesto, que Luhiguno y el niño salvaje tuvieron que taparse los oidos. Levantó la cabeza la extraña criatura y girando en dirección al bosque el graznido se convirtió en un bellísimo sonido hipnótico. Luhiguno y su nuevo compañero no pudieron más que seguirlo, corriendo de nuevo a través de los árboles, arbustos, piedras y más cosas que ya sabeis suele haber en las montañas. Así que siguieron adelante con el pajarraco que los guiaba.
EL ENCUENTRO
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Después de llevar un buen rato sin parar, Luhiguno, en un momento dado, se despistó...y zas! Cayó al suelo de golpe y porrazo, no se había fijado en una piedra de gran tamaño. El niño salvaje había seguido corriendo sin contar con él y entonces Luhiguno al levantarse del suelo de tierra se dio cuenta de que se encontraba dolorido y solo, en mitad de la frondosidad de un bosque a punto de caer el dia, sin saber ni dónde estaba. Se había hecho una pequeña herida pero no le impedía poder seguir, solo que ya no podía correr, le faltaba su compañero aventurero. Siguió caminando por lo que parecía un estrechísimo sendero por el que solo cabía una persona o animalillo, dándose cuenta de que a partir de ese momento, tendría que encontrar la solución para salir de ahí. -" No pensar "- Pensó, solo seguir. Tenía todavía luz suficiente para poder avanzar, así que siguió confiado, como solía ser él. De pronto le pareció ver en el camino, solo unos metros por delante, en fila india, una detrás de la otra, un grupo de....no sé, unas 100 ardillas, saltaban o caminaban bien erguidas. Luhiguno, que a estas alturas ya no entendía muy bien cómo había llegado a parar ahí , lo que sí sabía es que no podía dejar marchar a esas ardillas, así que se puso dos dedos de cada mano en la boca y como su tio Frasco le había ensenado soltó un silbido para llamar la atención del montón de ardillas que tenía delante suyo . Las( más o menos )100 cabezas se giraron al mismo tiempo mirando todas con el mismo gesto de duda a Luhiguno. Era increíble y casi cómico. La que estaba más cerca de Luhiguno le dijo:
- Si lo que quieres es ir a encontrate con Unoenuno, solo síguenos y no nos hagas perder más el tiempo, nosotros vamos en esa dirección. Ven con nosotros. - Y se giraron todas otra vez al unísono con ritmo militar y Luhiguno, que no sabía ni a dónde iba y ni quien era Unoenuno, le pareció una señal clarísima de que tendría que ir con ellos. Sonaba bien Unoenuno. Quien sería Unoenuno? para saberlo solo tenía una opción. Ir.
Siguieron caminando todos juntos hasta que de pronto se toparon con un árbol gigante que impedía poder avanzar. Parecía un almendro, con esas flores blanquecinas tan bonitas que tienen...pero era muchísimo más grande que un almendro. Y curiosamente en la parte del árbol que conecta con la tierra, tenía el árbol una cavidad suficientemente grande como para que entrara una persona de pequeño tamaño.
- Vamos bien, es por aquí - Dijo una de las ardillas, dirigiéndose a Luhiguno, cucándole el ojo al mismo tiempo. Subieron una a una. El primer paso que dio Luhiguno dentro del árbol le llevó a mirar inevitablemente hacia arriba, era un árbol de una altura increible! por fuera parecía mucho más pequeño! Un torbellino de aire automáticamente lo elevó a la velocidad del aire huracanado hacia la copa del árbol y tanto Luhiguno como las 100 ardillas ahora estaban propulsados por la ventisca huracanada por encima de las copas de otros muchísimos árboles. No daba miedo. Era volar!
Luhigino nunca había sentido tantas aventuras en su vida en tan poco tiempo. Acompañado por seres que parecían entenderlo como nadie lo había hecho hasta ahora. El caso es que atravesaron las ardillas y Luhiguno una gran parte del bosque por el aire, hasta que el viento empezó a dejar de ser tan fuerte y poco a poco, los fue bajando, suavemente a tierra en una montaña de piedra, donde solo se veían piedras de diferentes formas y tamaños pero todas grises. Era un sitio muy poco acogedor, pero la noche se estaba echando y en algún momento tendrían que parar. Así que en un pis pas, todas las ardillas miraron al mismo punto y en un momentín se agruparon todas juntas haciendo algo parecido a un colchón para que Luhiguno pudiera descansar encima de ellas. Nunca nadie había hecho algo tan generoso para Luhiguno. Todo lo que le estaba pasando era un auténtico regalo..Se tumbó encima de ellas procurando ser cuidadoso y al poco....se quedó dormido.
Un hilo de voz le hizo despertar.
Era una voz de chica suave que casi en susurros sonaba como una melodía, algo parecido a la brisa pero con voz. Le costó reaccionar pero cuando consiguió abrir los ojos y entender dónde estaba se quedó perplejo al darse cuenta de que a su alrededor no había nada. Absolutamente nada!. Las ardillas habían desaparecido como por arte de Bibilitroque. Se encontraba eso sí en la cumbre de la misma montana de piedras donde se había quedado dormido.Todo lo demás era de un blanco como la leche de arroz. Blanco blanco.
Se preguntó si quizás estaría sonando así que se rasco la pierna muy fuerte para ver si despertaba, aunque él sabía que algunos suenos eran bien reales. Por qué agobiarse? veamos a dónde me lleva toda esta situación. Se tumbó y mirando en dirección a las piedras se dio cuenta de que cada una de ellas tenía ojos y le estaban mirando fijamente. - Leches! pero que tienen ojos! - y se levantó de un brinco. Así que toda esa reunión de ojos y los ojos de Luhiguno conectaron de una extrana manera al mismo tiempo
UNOS CUANTOS OJOS HACEN EL CAMINO
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